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Otra victoria de Argentina sobre Inglaterra.. para la historia (1-2) | RESUMEN y GOLES

Anudó Argentina el corazón a sus botas y probó a Inglaterra que vivir con miedo no es vivir. En siete minutos, entre el 85 y el 92, la Albiceleste se ganó el derecho a defender su título mundial frente a España en la final del domingo en Novedosa York. Un capítulo final en el que Leo Messi, asistente en el zapatazo de Enzo y el testarazo de Lautaro, cerrará su increíble relato cruzándose con el crío al que ungió en una bañera de plástico, Lamine Yamal.

El Inglaterra-Argentina nació y murió en una gran mentira. «Es sólo un partido de fútbol», que había dicho el seleccionador Lionel Scaloni. Los dos bandos llevaban el estómago lleno de odio por historias insoportables para los hinchas , y también inasumibles para unos futbolistas que cargan con un pasado que no es suyo. Los chavales lanzados a la desaparición en las Malvinas bajo la mira de los fusiles ingleses, la venganza del Dios Maradona tanto en el cielo como en la tierra, o la historia de culpa y redención de Beckham, presente en el palco del circo romano de Atlanta, y que vio que nada había cambiado. Los palos superaron por mucho al fútbol en un primer acto en el que los sobreexcitados jugadores de la Albiceleste, con las embestidas taurinas de Gio Simeone como metáfora, ahora angustiaron a la selección de los Three Lions, echada para atrás sin remedio por Thomas Tuchel por si la tormenta se lo llevaba también por delante.

«¡El que no salte es inglés!», gritaban los llenes de Argentina sin que hubiera manera de avisar que sonaba nota alguna del God Save the King. Nadie hizo lo que Maradona en Italia 90, cuando llamó «hijos de puta » a los tifosi que silvaban el himno argentino. Cuando los aficionados ingleses trataron de vengarse, los futbolistas de Albiceleste se pusieron a cantar como locos, y con el pulmón en la tráquea, su himno del país. Messi se desgañitaba alzando el mentón. Hubo un tiempo en que a Leo le reprochaban que no cantase.

Esa sobreexcitación, trasladada después al instinto de supervivencia, tuvo continuidad en el mismo amanecer, con Paredes propinándole un empujón a Bellingham con el que le avisaba de que, si se achantaba, por el momento no se levantaría. Bellingham, como Kane, fueron sombras. Esa Argentina que había hecho de la supervivencia extrema su razón de ser en Qatar, siguió caminando en USA por los límites de la locura agarrada a los golpes de genio de Leo Messi. Con su zurda celestial cedió a Nico un gol que le sacó Pickford, y en el 85 propició el momentáneo empate al llevar a cabo de prologuista del gol de Enzo que todo lo modificaba.

Era ahora aquella una Argentina volcada frente a Pickford, un don nadie en el día a día, un portero totémico en los Mundiales que no pudo salvar en esta ocasión tampoco a los suyos. Tampoco los palos que negaban el empeño de Mac Allister. Tuchel, muerto de temor , ya se había propuesto ocupar el área de un sinfín de defensas –hasta seis– porque tocaba mantener el gol de Gordon, demonio con porte de vendedor de helados. Una vez alcanzada el beneficio a poco de comenzar el segundo acto después de que el nuevo futbolista del Barça asaltara la espalda de Nahuel Molina, el seleccionador alemán de Inglaterra forzó a su equipo a que mirase el abismo. Y el abismo, claro, le devolvió la mirada.

Messi, que halló a Enzo y Lautaro como aliados en su viaje homérico, dio la palada a Tuchel y a una Inglaterra que lleva 60 años paralizada en su calvario. España, con el fútbol por bandera, tendrá que pelear contra una Argentina que escapa a toda razón.

TiroAlPalo