El BC Place de Vancouver asistía al epílogo de una espera de veinticuatro años, el instante exacto en el que Turquía debía reclamar su rincón en el firmamento del fútbol mundial bajo la atenta mirada de Gianni Infantino en el palco. Sin embargo , los regresos raras veces se escriben como dictan los románticos. En el estreno de los otomanos en el Conjunto D, la Australia de Tony Popovic se ocupó de recordar que los Mundiales no entienden de deudas históricas, sino de efectividad y valentía.
Con un planteamiento indescifrable al comienzo y un ejercicio de supervivencia numantina después, los oceánicos asestaron un golpe de autoridad brutal que pone patas arriba una grupo que Estados Unidos gobierna tras golear a Paraguay (4-1).
El duelo comenzó a redactarse con un trazo de pura osadía por parte de Popovic. En el momento en que se desvelaron las alineaciones, el escepticismo sobrevoló el banquillo australiano. El técnico, en una apuesta de riesgo radical que incendió los análisis anteriores , sentó a su capitán. Matthew Ryan, el veterano guardameta del Levante, veía el debut desde la banda; en su lugar , bajo palos, aparecía un imberbe Patrick Beach. No era una salvedad : siete jugadores nacidos desde las Navidades del año 2000 formaban en el once. Un relevo generacional en toda regla para armar un dibujo que mutó con astucia. Lo que parecía un previsible 4-2-3-1 se convirtió sobre el verde en un rígido y denso 5-4-1, con Jordan Bos imperial en el carril izquierdo y el gigante Harry Souttar (escocés de nacimiento, mariscal por derecho) asumiendo el brazalete y el liderazgo de la resistencia oceánica.
El guion de los primeros minutos se ajustó a lo pensado en los manuales de Vincenzo Montella. A Turquía le gusta circular, mimar el cuero y ganar metros con la clarividencia de Calhanoglu y la electricidad de Arda Guler. Los otomanos adelantaron las líneas de inmediato , monopolizaron la posesión y hundieron a los Socceroos. Sin embargo , el dominio de la medular era un mero espejismo. Más allá de un latigazo lejano de Kadioglu en el minuto 18 que se fue prominente , Beach solamente tuvo que mancharse los guantes. Tras la pausa de hidratación en el minuto 21, el desafío se destapó como un tablero de ajedrez frenético. Australia, catalogada de manera frecuente de rústica y vertical, demostró que también sabe salir jugando, adormeciendo el ímpetu turco hasta conseguir el momento exacto para morder.
Y el zarpazo llegó en el minuto 27. Arda Güler firmó el primer aviso serio de Turquía con un disparo que Beach atrapó con solvencia. Sin tiempo para el lamento otomano, el meta activó una transición supersónica. El balón llegó a los pies de Nestory Irankunda, el estandarte de esta nueva hornada de cachorros. El agresor del Watford, puro desequilibrio y capacidad , le ganó la espalda a la zaga con un cambio de ritmo devastador , se plantó solo ante Cakir y definió con una frialdad indigna de sus 20 años pegada al poste. Vancouver estalló. Turquía, tocada en su orgullo, reaccionó en tromba. Solamente 2 minutos después, un tiro seco de Bardakci desde la frontal fue desviado milagrosamente por Beach para estrellarse en la madera. Fue el único momento en el que el armazón amarillo tembló antes del reposo.
La segunda mitad fue un monólogo de frustración para los turcos. Montella agitó el árbol buscando hondura en las bandas con Kenan Yildiz y la entrada de Yunus Akgun, pero cada centro al área se encontraba con la misma cordillera: Harry Souttar. El central firmó una actuación colosal, juntando diez despejes, siete de ellos de cabeza, abortando cualquier intento de rebelión. En el momento en que el balón superaba la aduana terrestre, emergía la figura de Beach, que le sacó una falta magistral a Guler y, después , un remate a placer a Akturkoglu que ya se cantaba en la grada turca.
Con los once futbolistas australianos defendiendo en su propio campo y gestionando la ansiedad de una Turquía volcada, la sentencia llegó de la forma mucho más poética posible. En el minuto 74, con el combinado otomano totalmente desguarnecido, Connor Metcalfe lideró una exclusiva contra. Pese a verse cubierto por tres defensores, el centrocampista armó la pierna desde la de adelante y firmó el 2-0 definitivo, desatando las lágrimas en el banquillo oceánico y sellando una obra de arte táctica.
El pitido final comprobó la madurez de una juventud rebelde y dejó caras largas en una afición turca que ve de qué manera el regreso soñado comienza torcido. El próximo Turquía-Paraguay va a ser un drama a vida o muerte. Australia, mientras tanto , festeja el éxito de la osadía de Popovic. El Mundial no espera a absolutamente nadie , y los Socceroos, en oposición a todas y cada una de las cábalas previas , ya pasean a paso firme l.


